El Conte Dels Mundials

Escrito por admin.

La ventana era de madera y el cristal sudaba. El contraste con el frío de la calle lo hacía sudar. Se fijó en una de las gotas que crecía sobre la superficie. Empezó a resbalar hasta que golpeó el marco. Ahí murió.

A medio camino entre la vigilia y el sueño, agarrando la almohada con la misma tensión con la que lo había hecho antes de dormirse, pensó que las gotas tienen una vida muy corta. Pero quizás no tanto como la de un pestañeo. Se incorporó lentamente, cansado de tener que hacerlo de nuevo. Se sentó en la cama y se vio en el espejo colgado de la pared. No se vio. O se vio a medias. En el escritorio nada había cambiado. Las colillas flotaban inertes, como si de cadáveres se tratara, en el vaso de whisky que nunca acabó. Recordó entonces que la noche había sido corta. No recordaba mucho más. La habitación parecía encogerse cuando puso los pies en el suelo. Notó el frío de las baldosas, levantó el edredón y comprobó que sus calcetines aún dormían plácidamente sobre el colchón. El dolor de cabeza se abalanzó sobre él, pero no le impidió llegar a la ducha, su salvación. Optó, como siempre, por el agua fría. Diez minutos fueron suficientes para situarse. Era sábado, 30 de julio de 1966.

Cruzó la puerta del hostal y miró a ambos lados de la calle. Tenía hambre y buscaba un pub en el que comer algo, la excusa para seguir bebiendo. Cruzó, giró la primera esquina y entró en el Dog and Duck. Pidió una pinta de Abbot Ale, tostadas y huevos revueltos. “A mí sí me gusta la cerveza inglesa”, pensó. De fondo sonaba It’s been a hard day’s night. La disfrutó, pagó y salió. Se apoyó en la pared y se distrajo viendo la gente pasar. Londres había amanecido diferente de cómo se había ido a dormir. Desde su posición, veía llegar las palabras, las tocaba y volvían a alejarse. La final lo impregnaba todo. Sacó el tabaco arrugado del bolsillo y encendió un cigarro. El humo descendió por la garganta y entró en los pulmones, donde se esparció buscando un lugar donde reposar tras un largo viaje, que, sin saberlo aún, era de ida y vuelta. Fue expulsado de forma violenta, dejando atrás parte de sí mismo y llevándose lo que no era suyo, gotas rojas de sangre que mancharon la acera. Metió la mano en el bolsillo, sacó un papel arrugado y volvió a darle forma. Era una entrada para el partido que había comprado el día anterior. Por cuarenta libras, ocho veces más su precio real.

Tenía la frente apoyada en la barra y los ojos cerrados. La campana le devolvió al ambiente cargado de humo. Pidió la última mientras en su cabeza seguía retumbando Satisfaction, que hacía mucho tiempo que había dejado de sonar.

-Veo que a ti sí te gusta la cerveza inglesa.

Se giró hacia su derecha para comprobar de quien era la voz.

-Siempre bebo cerveza inglesa-, respondió secamente.

-Bien hecho. No como el imbécil de Rattín-. Un rostro de cabeza afeitada se había sentado a su lado.

-Bastante tienen los argentinos con haberse quedado fuera-, balbuceó mientras bebía de la pinta.

-Pues sí, a nosotros sólo nos interesa lo que pase mañana. Tenemos que ganar como sea, no creo que tengamos una ocasión mejor para ganar nuestro primer Mundial. Hay que ganar a los alemanes como sea. ¿Vas a ir a Wembley?

-No tengo entrada.

-Yo tengo de sobras. Si quieres te vendo una, pero no son baratas.

Abrió la chaqueta y del bolsillo interior sacó un fajo de ocho o nueve entradas. Las puso encima de la mesa y le miró a los ojos.

-Dame una.

-Son cuarenta.

Sacó varios billetes arrugados del bolsillo, separó cuarenta libras y se los dio a cambio de la entrada.

-Y vete a dormir que mañana puede ser una noche muy larga-, le aconsejó.

-No lo creo.

Dean Street era un agujero en el que todo cabía. La luz se mezclaba con cada movimiento acelerado, con cada palabra y con cada silencio. Espiaba cada pensamiento y se ofrecía libre y bella sobre el asfalto. Reclamaba su protagonismo a gritos, esparciendo sus sombras en una calle simétrica. Derecha e izquierda eran lo mismo. Borrachos madrugadores, seres fieles a su necesidad, equilibristas de la urbe y bienvenidos de otros mundos. Todos tenían allí donde posar sus deseos. También él, uno más en un caos coherente. Se transformó en un funambulista discreto y valiente, sin bastón alargado que le protegiera de la caída y sin miradas que le apuntasen. Llegó a Oxford Street y sintió alivio. Bajó la mirada y siguió caminando, se hundió en sus pensamientos. Contó sus pasos para no pensar en nada y notó que sus pies ya no le pertenecían, caminaban solos hacia su destino. El suelo se desintegraba a cada paso y notó que flotaba. El asfalto se deshacía. Buscó la manera de sujetarse, pero no encontró nada. Sólo la oscuridad.

-Estoy bien -, respondió.

Desde el suelo, tumbado, vio como le rodeaba una jauría de lobos. Todos le preguntaban por su cabeza, por la sangre que emanaba de ella. Se incorporó, le ayudaron a levantarse. Sintió un leve mareo. Nada nuevo. Sacó un pañuelo del bolsillo y se tapó la herida. Llegó a la estación de Oxford Circus y bajó las escaleras apoyándose en la pared. Buscó el lavabo y entró. Una mezcla de vómitos, orines, cerveza y defecaciones le golpearon el olfato. Por los altavoces, una voz lejana y femenina informaba de la salida del siguiente tren. Se lavó la cara y empezó a respirar otra vez. Cerró los ojos y metió la cabeza debajo del grifo. El chorro impactó en la nuca y bajó dividido. Con la vista pegada al desagüe, vio cómo el agua se teñía de un rojo cada vez más intenso para, poco a poco, volver a ser transparente. Mantuvo la posición, se secó con el mismo pañuelo con el que había frenado la hemorragia y salió del lavabo. Tenía sed. Deshizo el camino y regresó a la superficie. Entró y pidió una pinta de London Pride. Acarició el vaso con los labios y lo inclinó para beberse la mitad de un trago. Notó el líquido, amargo y dulce a la vez, tebio, iniciar su camino garganta abajo, recorrer el esófago, invadir el estómago convertido en un torrente incontrolado. ¡Vivo! Acabó la cerveza, pidió un Bushmills y se hipnotizó con sus destellos dorados. Se lo bebió de golpe y volvió a la calle. Esta vez bajó las escaleras del metro sin ayuda. Eligió Jubilee Line y bajó en Wembley Park.

El día se había vuelto opaco. Se dirigió directamente hacia el estadio. Sus dos torres, coronadas por dos pequeñas cúpulas, escondían una estructura ovalada, el agujero negro en el que Londres convergía. El era parte de aquel todo, un átomo volátil, un grito en mitad de la nada, un llanto desgarrado. Se sentó en su localidad, encendió un cigarro y fumó. Aún quedaba media hora. Había estado allí cuatro años antes y no recordaba haber visto el marcador electrónico. Tampoco el techo circular. El público iba ocupando sus asientos. La imagen le recordaba a un edificio cuyas ventanas, al llegar la noche, se iluminaban una a una. Wembley se encendió del todo. El agujero negro estalló cuando Dienst señaló el inicio. Bobby Charlton era su preferido, le hacía perder la noción del tiempo. El fútbol no le obsesionaba, pero sabía distinguir entre lo malo, lo bueno y lo muy bueno. Bobby era miembro del tercer grupo. Había sobrevivido ocho años atrás al accidente de los Busby Babes. De los alemanes había oído hablar de Franz Beckenbauer. Era uno de los más jóvenes. Se sorprendió al ver cómo aquel futbolista se enganchaba a Charlton desde el primer momento. Wembley lloró cuando Banks no evitó el gol de Haller y sonrió cuando Hurst empató, pero él no sintió nada. Sólo fumaba. El tabaco le ayudó a llegar al descanso. Se levantó para quitarse la chaqueta y vio la cuerda que utilizaba de cinturón y que rodeaba dos veces el pantalón. Deshizo el nudo y volvió a hacerlo. Comprobó estirándola su resistencia y pensó que Inglaterra se enfrentaba a algo mucho más ordenado, pero no tan fuerte. La colilla chocó con violencia en el suelo y perdió toda señal de vida. La luz y el calor desaparecieron con la última señal de humo ahogado en el agua encharcada que reposaba a sus pies. Despertó con el gol de Peters. Un suspiro y su país sería campeón por primera vez. Rulle Britannia nació como un susurro y se convirtió en un único grito. Encendió otro cigarro y, a media calada, empató Weber. La prórroga lo fue de la final, pero también de su propia existencia. Unos pocos minutos más, no muchos. No los iba a regalar. Eran suyos y de nadie más.

Hurst disparó y esperó la decisión de Dienst, que dio el gol, aunque nadie hubiera apostado por ninguna de las dos posibilidades. La discusión del árbitro con su auxiliar fue eterna. Esperó y regresó la alegría, convertida en euforia cuando Hurst completó su hat-trick. Se levantó mientras Wembley se envolvía en su propia felicidad y se olvidaba de la polémica. Entró en el lavabo y se encerró en él, echó el pestillo y se sentó a esperar. No volvió a fumar hasta pasadas tres o cuatro horas. Le fue imposible saberlo con certeza. El silencio lo era todo. Sólo se escuchaba el crujido del tabaco al quemarse con cada calada. Salió, bajó las escaleras que tenía a su derecha y se dirigió hacia la portería en la que Hurst había marcado su segundo gol. Deshizo el nudo, ató la cuerda al larguero y le dio forma de soga. Dio la vuelta y se subió torpemente desde la red. Se sentó en la madera, agarró la cuerda y se la anudó al cuello. Saltó. El último halo de vida le recorrió la espina dorsal hasta llegar a la garganta. Miró, con el cuello dislocado, hacia abajo. Vio la huella del balón marcado en el barro totalmente dentro de la portería. Murió.

El Conte Dels Mundials por Iván San Antonio

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